viernes, 26 de agosto de 2011

El arte de envejezer

El arte de envejecer
consiste en conservar
alguna esperanza.
André Mourois


En los ojos de los jóvenes
vemos llamas, pero es en los
ojos de los mayores donde
vemos la luz.
Victor Hugo
Escritor francés


Cuando envejecemos,
la belleza se convierte
en  cualidad interior.

Raph Waldo Emerson

Hay que estar agradecidos
de nuestra edad,
pues la vejez es el
precio de estar vivos.







lunes, 15 de agosto de 2011

abstracto Marcos

     Reflexión
Nunca se debe hablar por hablar, pues a veces las palabras pueden herir el sentimiento de las personas, antes de
hacerlo debemos poner en funcionamiento el cerebro, así evitaremos males mayores...
Vivian Esteban



sábado, 13 de agosto de 2011

Las historias de la abuela.

Estas son las historias que nuestras entrañables abuelas
 nos contaban, quiero reflejarlas para que no nos olvidemos
 de los duros tiempos que les tocaron vivir, y lo que hicieron
 para que nosotras seamos hoy quien somos.Saludos Vivi.

lunes, 8 de agosto de 2011

domingo, 7 de agosto de 2011

Los caminos del trueque

Te invitare a caminar
conmigo si me haces
 agradable el camino.
A Milagros F.






Los caminos de la vida nos van puliendo como si fuésemos un diamante en bruto y, a lo largo de esta, brilla la sabiduría en nuestro ser. Pedregosos, duros y espinosos; pero nunca insuperables: hay que seguir siempre adelante. Fueron muchas las veces que recorrí caminos escabrosos con un horizonte incierto y llenos de peligros, acompañada por alguna de mis vecinas, cargada con lo que podía adquirir, telas, cacharros… 
Cogía mi cesta y el consejo de mí madre:Tú siempre adelante nunca mires atrás. Bajaba andando hasta Sama ,donde tomaba el tren hasta el Berron y, de allí, otra vez andado hasta Posada de Llanera. Allí canjeaba mis productos por otros de primera necesidad, que nuestra despensa acusaba: garbanzos, azúcar…Un día de aquellos se cruzó en mí camino un señor muy bien arreglado que me preguntó:
-¿Nun tendrá piedres de mecheru por casualidad?
Y, mirando a mí vecina, le contesté que si, ante la cara de asombro de ésta; la necesidad agudiza el ingenio y la picaresca.
-¡Ah, pues véndame unes cuantes¡
Me situé detrás de ella y saqué de la cesta un vestido que tenía plomos en la saya y, con mucha rapidez y disimulo, se los quité y se los vendí a aquel señor, que se fue encantado con su compra, ya que, según él, era difícil encontrar tal género. Aquel día se nos hizo tarde y pasamos la noche en la tenada de una buena mujer. Al día siguiente, fuimos a San Cucao y pasamos por delante de una lujosa casa que, al parecer, era del Caudillo: quedamos extasiadas contemplándola. Nos fijamos que la puerta se abría y una señora nos hacia señas para que nos acercásemos. Lo hicimos con timidez  y fue cuando nos explicó que era el ama. Nos invitó a pasar a la cocina, donde abrió un armario lleno de lo que tanto necesitábamos. Nos llenó la cesta y nos fuimos… no fuera que se arrepintiese, no sin antes agradecerle con lo poco que podíamos. Yo le di unas medias, que me agradeció mucho.
-Hoy no puedo daros más, si venís mañana lleváis otro poco.
Y así lo hicimos, pero llegamos tarde. El batallón se lo había llevado todo, así que nos fimos por donde habíamos ido con tan mala suerte de encontrarnos al señor que el día antes había engañado.
-¿Qué piedres son estes que nun  prenden, oh?
No supe qué responder y me eché a temblar, hasta que se me ocurrió decir:
-¡Ah, pues nun sé, yo  compréles en Sama… será que tan húmedes¡
Allá lo convencí como pude y nos fuimos más que a prisa, mientras él sacudía su bastón de forma amenazante. Nos sentamos un rato ha descansar. Mis alpargatas ya acusaban el roce del camino y dejaban entrever alguno de mis dedos torturados. Pero un bombardeo nos sorprendió y tuvimos que resguardarnos. En ese mismo instante, un proyectil impactó donde yo había estado sentada: aquel día volví ha nacer. Regresamos  con las provisiones que conseguimos. Hicimos otra buena caminata hasta llegar a casa, si no nos las requisaban antes por el camino.
 Al llegar al hogar, desfallecida, me recompensaba ver la cara de mis hijos, que me aguardaban: entonces el cansancio, el miedo y las penurias pasadas se me olvidaban.

Vivian Esteban